sábado, 16 de enero de 2010

El 26 septiembre es la gran oportunidad

El hombre es el artífice de su propia felicidad
Henry David Thoreau (1817-1862)
Escritor, poeta y pensador estadounidense.

En época de abundancia, entramos en un período especial y nos aplican un racionamiento salvaje. Las focas del comandante nos dicen – sin ruborizarse – que el culpable es el fenómeno de El Niño, el capitalismo y la IV república. Hay un niño que nació en Sabaneta de Barinas, el cual ya adulto llegó a la Presidencia de la República, lleva 11 años con todo el poder y un capitalismo al cual le vende el petróleo de contado, en dólares, que nos convierte en un país rico, con un primer mandatario que regala su riqueza sin tasa ni medida empobreciéndonos inexplicablemente. Ese niño y esa conducta manirrota, nos condujo a aterrizar en el mar de la felicidad fidelista y chavista. Un país en ruinas.

En esta situación dramática, la sociedad democrática enfrentará una campaña electoral para renovar el Parlamento Nacional. Los diputados actuales – salvo honrosas excepciones – han convertido ese sagrado recinto de la patria en una manada de focas que le aplaude incondicionalmente los chascarrillos y hasta las salidas escatológicas al comandante en jefe del proceso de destrucción nacional. Este escenario electoral, plagado de ventajismos y abusos por parte del árbitro electoral, no podrá con la fuerza del voto castigo de un electorado hastiado de tanta incapacidad, indolencia, corrupción y manirrotismo. El 26 de septiembre, será la gran oportunidad de la rebelión popular, que nos zafe mediante el voto, del mar de la felicidad fidelista y chavista que nos arruinó el país.

Los autores de este desastre nacional, secuestraron las instituciones, decomisaron la fabulosa riqueza nacional, despilfarraron, se robaron y regalaron a manos llenas nuestros dólares. No previeron, no invirtieron y mucho menos pensaron en el mantenimiento, crecimiento y desarrollo de los servicios públicos instalados durante los vituperados 40 años de la democracia representativa. La ineficiencia, incapacidad e indolencia con los pobres de Venezuela, les explotó en la cara y ahora salen con el caradurismo más chapucero a echarle la culpa al fenómeno del Niño, al capitalismo y la cuarta república. La culpa, no hay dudas la tiene Chávez y el asesoramiento y chuleo del mar de la felicidad fidelista que logró el milagro de arruinar el país.

Los venezolanos debemos estar alertas. En estas elecciones parlamentarias nos jugamos la suerte de la democracia. Es necesaria una Asamblea Nacional que legisle a favor del pueblo, que controle los ingresos y los gastos de la nación, que investigue y ponga en manos del poder judicial los casos de corrupción que ya son inocultables en esta robolución. También en estas elecciones parlamentarias nos jugamos la suerte de la descentralización, de las gobernaciones, de las alcaldías, de la propia Asamblea Nacional, de los sindicatos, de los contratos colectivos, de los poderes públicos los cuales hay que colocarlos al servicio de la gente y no del régimen. En Cuba está un ejemplo patético de lo que no debe ser. En los últimos 50 años han estado y están en manos de Fidel Castro y ese mar de la felicidad fidelista no podemos repetirlo en Venezuela.

Vamos con paso firme, disposición, voluntad y mucho espíritu patriótico a ganar la mayoría parlamentaria. Es una necesidad existencial para la salud democrática, para la vida en libertad, la independencia y fortaleza de las instituciones y para que nuestra riqueza sirva para mejorar la calidad de vida de todos los venezolanos y evitemos el riesgo de seguir copiando y entrando peligrosamente en el mar de la felicidad fidelista que arruinó a Cuba y que con Chávez como vasallo, amenaza con terminar de arruinar a nuestro pobre país rico.

Como lo dijo, Juan Pablo II, Venezuela despierta y reacciona. El 26 de septiembre, tenemos la gran oportunidad de ser los artífices de nuestra propia felicidad y decirle de una vez por todas ¡No! al mar de la felicidad fidelista y chavista que empujan a Venezuela por el tobogán de la desgracia.